El envejecimiento poblacional es una realidad y cada vez hay más conciencia sobre ello. De hecho, este año, por primera vez en la historia, hay más personas en el mundo mayores de 65 años que menores de cinco años según un análisis de Deutsche Bank elaborado con datos de Naciones Unidas y de Haver Analytics. Aunque la noticia tiene implicaciones positivas –mejora de la calidad de vida gracias a los avances médicos, aumento de la renta per cápita, aumento de la productividad–, también plantea grandes retos desde el punto de vista socioeconómico. Sobre ello reflexionan en profundidad Antonio Huertas, presidente de MAPFRE, e Iñaki Ortega, director de la Deusto Business School, en su reciente libro La revolución de las canas.

TEXTO ISMAEL GARCÍA PUENTE | IMAGEN ISTOCK

Obviamente vivir más y “mejor” nos plantea un gran desafío, el de mantener nuestro poder adquisitivo. La difícil situación a la que se enfrentan algunos sistemas públicos de pensiones, como el español, nos obliga a buscar alternativas de ahorro privado por medio de productos tales como planes de pensiones, PIAS (Planes Individuales de Ahorro Sistemático) o seguros de ahorro. Pero con anterioridad al momento de la jubilación, nuestro poder adquisitivo ya encara otros grandes retos como la compra de una vivienda, de un automóvil para la familia, el primer viaje en pareja o con amigos, los estudios de los hijos… Y para apoyar estos gastos, ¿conocemos las bondades que los fondos de inversión nos ofrecen? La respuesta varía mucho en función del país donde nos encontremos. Por ejemplo, en Suecia el 80% de la población cuenta con un fondo de inversión mientras que en Estados Unidos ese porcentaje se rebaja a casi el 50%. En España, contamos con más de 11 millones de partícipes, lo que supone un 25% de la población, un porcentaje muy inferior al de los países mencionados anteriormente y que la sitúa por debajo de la media europea.

Aunque las razones del bajo porcentaje de población con fondos de inversión en España son múltiples, llaman poderosamente la atención las falsas creencias que muchas personas tienen sobre ellos. Estos mitos se aglutinan principalmente en torno a aspectos relacionados con la rentabilidad, su supuesto riesgo e incluso los miedos que se generan a la hora de invertir. Y es que al hacerlo, por muy racional que podamos llegar a ser, entran en juego las emociones y se activa una estructura del cerebro llamada ínsula. La conexión entre Finanzas y Neurociencia ha avanzado enormemente en los últimos años y nos ha permitido comprobar por qué esta parte de nuestro cerebro se activa de forma brusca cuando percibimos que algo nos puede producir insatisfacción, como puede ser la pérdida de parte de nuestros ahorros.

Es curioso ver cómo esta aversión al riesgo inherente a todo ser humano nos lleva a obtener rentabilidades insignificantes y hasta negativas, incluso cuando nuestro fondo de inversión ha obtenido rentabilidades de dos dígitos. Esto ocurrió, por ejemplo, con algunos partícipes del fondo Fidelity Magellan, probablemente el mejor fondo de inversión conocido en términos de rentabilidad. Mientras que el gestor consiguió una rentabilidad anual media del 30% durante 20 años, la rentabilidad media del partícipe fue del 7% e incluso hubo inversores que obtuvieron una rentabilidad negativa, según un estudio de la propia gestora. A menudo, muchos inversores atraídos por la excelente rentabilidad del fondo decidían suscribirlo, pero lo reembolsaban al poco tiempo, decepcionados por un mal comportamiento en un plazo de tiempo muy inferior (a veces, incluso semanas) al recomendado para un fondo de este tipo.

La tentación de buscar el mejor momento de compra nos depara grandes decepciones. En los 20 últimos años, haber mantenido una inversión constante en un fondo de renta variable estadounidense habría generado una rentabilidad media anual cercana al 6%. Sin embargo, si por esta búsqueda del momento óptimo de entrada se hubieran perdido los 20 días con mayores subidas de la bolsa, la rentabilidad media anual habría pasado a ser negativa. La mejor herramienta que evita este tipo de situaciones son las suscripciones periódicas. Invertir de forma sistemática parte de los ahorros nos generará a largo plazo una rentabilidad en muchos casos superior y nos evitará sufrir el estrés de esperar al mejor momento.

Existe la creencia de que las acciones son más rentables que los fondos de inversión. Y es que la bolsa atrae a quienes se quieren beneficiar rápidamente, pero premia solamente a los que están dispuestos a lograrlo poco a poco. Y esto es justo lo que consigue un fondo de inversión. La gestión experta y la diversificación son las principales bazas con las que cuentan sus partícipes, mientras que el inversor en acciones se enfrenta a la difícil labor de seleccionar títulos, decidir cuándo comprarlos y/o venderlos con el agravante del coste económico (incluido tiempo invertido) y emocional que ello conlleva.

Naturalmente el desconocimiento desempeña también un importante papel en el escaso protagonismo que representan los fondos de inversión en nuestros ahorros. La tendencia a creer que solamente están destinados a rentas altas, cuando en España la media de patrimonio en los fondos de inversión se sitúa por debajo de los 30.000 euros, y que no tienen ningún tipo de garantía, condiciona enormemente la forma en la que invertimos. Relacionado con esto último, pocos inversores conocen la figura del FOGAIN (Fondo de Garantía de Inversiones) en España, que ofrece una cobertura de hasta 100.000 euros ante la quiebra o insolvencia de la entidad gestora del fondo, la estrecha vigilancia que la CNMV (Comisión Nacional del Mercado de Valores) aplica a todos los fondos comercializados a nivel nacional con el fin de asegurar los intereses de los partícipes, o la gran liquidez que ofrecen al poder disponer de nuestro dinero en menos de dos días.

Uno de los grandes retos a la hora de invertir en Fondos de Inversión es superar ciertos miedos. La escasa cultura financiera condiciona la forma en la que invertimos, delegando casi por completo nuestras decisiones de inversión al personal de las entidades financieras. Alcanzar cierta independencia financiera requiere como cualquier tarea en la vida una cierta dosis de esfuerzo. Existen numerosos libros, blogs, perfiles de Twitter, etcétera, que permiten mejorar el conocimiento y adquirir una mayor soltura a la hora de tomar decisiones de inversión.

Una figura clave y sin embargo poco presente en nuestras vidas es la del asesor financiero. A diferencia del asesor fiscal, no ha sido percibido como una presencia necesaria en España, contrastando con países como Estados Unidos o reino Unido, donde su labor es extensamente conocida y reconocida. MAPFRE, consciente del valor que aporta un asesoramiento profesional, ha lanzado un servicio de asesoramiento en materia de inversiones que permitirá, desde el conocimiento que ya tiene del cliente, acompañarle en su toma de decisiones para alcanzar sus objetivos financieros. Basado en un modelo de arquitectura abierta y una atención especializada, los interesados podrán elegir entre más de 16.000 fondos de inversión de las principales gestoras nacionales e internacionales disponibles para todos los patrimonios. MAPFRE apuesta por acercar estos servicios tradicionalmente ligados a altos patrimonios a todos sus clientes contribuyendo a lo que podemos denominar como la democratización de la banca privada.

Servicio y atención especializada para empleados de España

MAPFRE pone a disposición de los empleados de España un nuevo servicio de consulta y atención especializada y confidencial para los productos de Ahorro e Inversión que comercializa la entidad, incluyendo la oferta disponible en la Plataforma MAPFRE GESTIÓN PATRIMONIAL. El objetivo es que los empleados puedan tener las inversiones y productos de ahorro adecuadamente gestionados en todo momento, por lo que al frente del servicio ha situado a un asesor financiero experto en los productos de inversión, jubilación y ahorro.

La maravilla del interés compuesto

Se dice que es imposible doblar un papel por la mitad más de ocho veces, pero si fuera posible hacerlo 25, lo realmente llamativo sería que nuestro papel habría alcanzado una altura equiparable al Empire State y con 30 veces, crecería hasta los 100 kilómetros. ¿A qué se debe esta proeza? Al crecimiento exponencial. Doblar un papel por la mitad 8 veces supone multiplicar su grosor por 28, o lo que es lo mismo, 128 veces el grosor original.

En el mundo de la inversión, difícilmente conseguiremos doblar nuestro patrimonio año tras año, pero cuando invertimos, obteniendo una rentabilidad más modesta, las ganancias de cada año se acumulan y vuelven a reinvertirse, lo que hace aumentar nuestro patrimonio de forma exponencial con el paso del tiempo. Así, una rentabilidad del 5% sobre 1.000 euros, nos generará 50 euros de beneficio el primer año (1000* (1 + 0.05)) y 52,50 euros al año siguiente ((1000 + 50)*(1 + 0.05)), 55,125 ((1000 +50 + 52,5)* (1 + 0.05) en el tercer año y así sucesivamente.

Como en el caso del papel, el crecimiento exponencial supondría que nuestros 1000 euros se convirtieran en más de 4.300 transcurridos 30 años (+332,19%). No es de extrañar que este efecto “multiplicador” fuera catalogado por Albert Einstein como la fuerza más poderosa del universo.

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