TEXTO JAVIER ORTEGA |ILUSTRACIÓN ISTOCK

La de la COVID 19 es la primera pandemia de la historia en la que se emplean a gran escala la tecnología y las redes sociales para ayudar a las personas a mantenerse conectadas e informadas. Pero, al mismo tiempo, esas herramientas se han convertido en un arma de doble filo, amplificando el alcance de información falsa que debilita una respuesta global y compromete las medidas para controlar la enfermedad.
A comienzos del mes de febrero términos como coronavirus o COVID-19 empezaban a ser habituales en la rutina informativa de casi todos los países del mundo. Por aquel entonces, una gran mayoría de ciudadanos los percibían todavía como algo lejano en sus vidas; pero las posibilidades de comunicación en nuestra “aldea global” hicieron que, mucho antes de que el SARS -CoV-2 colapsara la mayoría de los sistemas sanitarios y confinase a la población en sus casas, otro peligro extendiese sus tentáculos por todo el globo: la desinformación.

Cuando el nuevo coronavirus era considerado todavía una epidemia localizada, el 15 de febrero, el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom, advertía de que, además de al nuevo patógeno, el mundo se enfrentaba al fenómeno de la infodemia, que estaba obstaculizando “las medidas de contención del brote, propagando pánico y confusión de forma innecesaria y generando división en un momento en el que necesitamos ser solidarios y colaborar para salvar vidas y para poner fin a esta crisis sanitaria”.

El término infodemia, que la Fundación del Español Urgente (FUNDEU) acepta para referirse a la «sobreabundancia de información (alguna rigurosa y otra falsa) sobre un tema», nos confronta con un doble problema. Por un lado, el exceso de datos (también conocidos por algunos como infoxicación), que hace que no podamos priorizar los que son útiles de los que simplemente quitan el foco de lo importante; por otro, las tristemente populares fake news, o noticias falsas, que pueden causar daños irremediables, más aún cuando se trata de temas relacionados con la salud.

La UNESCO alerta de que mientras que la información hace más fuertes a las sociedades, la infodemia “desempodera al poner en peligro vidas y conducir a la confusión y la discordia”. Los disturbios violentos vividos en muchas ciudades como contestación a las medidas de prevención adoptadas por los gobiernos o las manifestaciones de colectivos negacionistas que consideran la enfermedad una trama orquestada por intereses económicos son solo algunos de los ejemplos de esta realidad.

Información sin control

Si, en circunstancias normales, la sobreabundancia de impactos a los que sometemos a nuestro cerebro puede derivar en estrés (como una respuesta natural y adaptativa de nuestro cuerpo), es más probable que esto suceda ante situaciones nunca antes vividas. Eso nos hace actuar a veces sin pensar.

Cuando, en el mes de marzo, en España se decretó el primer Estado de Alarma cundió cierto caos entre la población, que no sabía dónde dirigirse en caso de una emergencia sanitaria. Las distintas autoridades de cada región facilitaron números de teléfono para informarse o reportar casos de contagio. Mientras algunas, como Extremadura, centraron esta atención en el habitual número 112 otras, como Madrid, pedían liberar esa línea para las urgencias habituales y habilitaron otra específica para la COVID-19. Sin embargo, no fue infrecuente la difusión de cadenas con este tipo de información que, con un origen local, acababan llegando a través de correos electrónicos o mensajería telefónica a otra región distinta, contribuyendo a una situación de descontrol. Buscando ayudar, muchos ciudadanos contribuyeron a generar más desconcierto. Claro que, al menos moralmente, mucho peor fue el caso de los que se aprovecharon de esa facilidad para compartir sin filtrar que se da en gente con las defensas bajas y propagaron información falsa de manera consciente a su costa.

El gigante tecnológico se vio obligado a ampliar su definición de daño para, mediante análisis a través de herramientas entrenadas con aprendizaje automático (machine learning) abordar contenidos que fueran directamente en contra de los mensajes y recomendaciones de las fuentes autorizadas de información sobre salud pública.

Desde el comienzo de la pandemia, las mentiras, alertas falsas o desinformaciones sobre el coronavirus no han dejado de crecer. El espectro de temáticas que han sido objeto de la desinformación es amplio: pautas de supuestos sanitarios en contra del uso de las mascarillas, pese a ser un medio de prevención aprobado; formas inverosímiles de contagio, como cantar en los balcones durante el aplauso sanitario; métodos falsos para prevenir el contagio, como el uso de productos de higiene íntima a modo de filtro para respirar; remedios caseros para luchar contra la enfermedad a través de vahos; vídeos e imágenes correspondientes a otros años… Es probable que muchas de ellas hayan acabado en tu teléfono móvil y que, incluso, te las hayas creído.

Solo durante la última quincena de marzo de 2020, la red social Twitter detectó más de 1,5 millones de cuentas en todo el mundo sospechosas de manipular o difundir mensajes no verificados sobre conversaciones relacionadas con la COVID-19.

Trazabilidad, también en las noticias

Dado que hasta que no haya una vacuna eficaz o un tratamiento que reduzca la gravedad del problema seguiremos enfrentándonos a él, es importante que, al menos, no contribuyamos a generar más problemas y actuemos responsablemente con la información que compartimos. Para ello, en primer lugar, si buscamos información proactivamente debemos acudir siempre a fuentes verificadas (instituciones oficiales de los gobiernos, OMS, Unión Europea, medios de comunicación reconocidos…).

Cuando se trata de compartir información que hemos recibido a través de conocidos y que creemos útil, antes de dar automáticamente a reenviar hay que pensar unos segundos si reconocemos quién ha elaborado el mensaje. Aunque este provenga de una persona de confianza, no sabemos cómo ha llegado hasta ella la información. Es importante que identifiquemos siempre su origen y, preferentemente, que esté avalada por una organización o un medio de comunicación cualificado. Para combatir la transmisión de bulos, como para luchar contra el virus, seguir la trazabilidad es importante.

Existen múltiples plataformas periodísticas de verificación de información que ofrecen gratuitamente sus servicios (mediante contacto por canales de mensajería como WhatsApp, Telegram o correo electrónico) y que pueden indagar por nosotros, y con herramientas profesionales, en el origen de cualquier imagen, dato o enlace sospechoso. Aquí te ofrecemos también algunos consejos…

INFODEMIA, otra plaga invisible en tiempos de coronavirus
Con coronavirus o sin coronavirus

La lucha contra las noticias falsas precisa de tu ayuda

No reenvíes sin pensar. Tu intención seguramente es buena, pero puedes estar contribuyendo a la desinformación.

Pregunta a quien te la envió de dónde proviene la noticia.

Comprueba la fecha. A veces se hacen virales noticias que sucedieron hace años y que por algún motivo vuelven a circular.

Aprende a reconocer los bulos. Titulares sensacionalistas, mala sintaxis y hasta faltas de ortografía en muchas ocasiones son señales que nos deben hacer dudar.

Desconfía e investiga. Cuando recibas una noticia que te conmueva, sorprenda o enfade (o incluso que apoye tus opiniones), léela completa, no solo el titular, busca la fuente y confirma el origen. Que te la haya enviado un gran amigo tuyo no es garantía de veracidad.

Busca los canales de verificación periodística (fact-cheking) de tu país. Son tus aliados en esta lucha.

Recuerda que divulgar noticias falsas puede contribuir a dañar la reputación de personas y empresas. O poner en riesgo la salud de las personas.

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